
Texto: "Porque en esperanza fuimos salvos; pero la
esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a que
esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos con paciencia lo aguardamos"
(Romanos 8:24-25).
Anteriormente, el apóstol ha venido argumentando al Creyente de que hay un día
de libertad gloriosa para los hijos de Dios (v18-22), pero ahora agrega un
lenguaje mas fuerte con el fin de no ser mal interpretado y apagar cualquier
temor que pudiera presentarse con esta declaración: "Porque en esperanza
fuimos salvos" (v25); y luego de afirmarlo, entonces procede a una tierna
exhortación, a que esperemos con certeza y paciencia esa total realización.
Como si les dijera: Sabemos que la felicidad tiene dos aspectos, un primer que
es expectación o esperar, y otro que es posesión; así que, la felicidad de los Cristianos no es solo una posesión presente, sino futura.
Todos nuestro tratos con Dios deben estar basados en un trato de confianza, y
es este reconocimiento una de las gracias principales en la vida Cristiana, que
en cualquier providencia del Señor para nosotros debemos hacer una buena construcción,
que confiemos siempre en que Dios es bueno y se deleita en nuestro bien, aun
cuando nuestros ojos y experiencia parezcan decirnos otra cosa. Tal fue el
corazón de Job en medio de las amarguras de sus aflicciones: "Aunque Dios
me matare, en el esperare" (Job 13:15). Los que aman a Dios no pueden
pensar mal de El, ni desconfiarle.
Bajemos ahora al sentido de nuestro versículo. Notamos
del pasaje que el apóstol habla como si estuviera adelantándose a cualquiera
pregunta imaginaria de sus lectores: "Porque en esperanza fuimos salvos;
pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a que
esperarlo?" (v24); esto es, que la mayor felicidad que pueda haber en los
cielos o en la tierra pertenece por la Gracia de Cristo a los hijos de Dios,
pero la posesión de ella requiere una total confianza en la fidelidad del
Salvador. La salvación de cada uno comenzó, cuando por la misericordia del Señor
nos convertimos de las tinieblas a la luz, pero esta salvación no es completa
hasta que el cuerpo y el alma sean glorificados, el día que Cristo regrese en
gloria eterna; entonces seremos librados de todo mal y entraremos a poseer la
felicidad suprema o la gloria eterna que aguardamos. El apóstol Pablo prueba
esta verdad con dos argumentos; por un lado, cuando nos habla del estado
presente de los cristianos: "Porque en esperanza fuimos salvos", y
por el otro lado, al considerar lo que es la esperanza: "Pero la esperanza
que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a que esperarlo?"
(v24). Todos y cada uno de los Creyentes son salvos, completamente salvo, pero
salvos en esperanza. El Creyente tiene completa salvación, no en posesión, sino
en diligente expectación; tal es la esencia de las palabras de Pablo en el
pasaje. Nos dice el porque seremos aceptos en el día final, porque somos salvos
ahora; nótese que el no dice que seremos salvos, sino que ya lo somos: “Porque
en esperanza fuimos salvos" (v24). Un verdadero Cristiano
es alguien que esta a la segura espera del cumplimiento de las promesas de Dios
en la salvación.
La riqueza de un Cristiano no esta en las cosas
visibles, sino en las invisibles. En este mundo hay muchas cosas buenas y
agradables, pero será siempre la sabiduría de un Creyente saber y actuar sobre
la realidad de que su felicidad no esta en el bien presente, sino en el futuro.
Los bienes presentes deben ser siempre usados como medios o instrumentos que
nos ayuden acercarnos más a la vida eterna.
Por eso todos nuestros disfrutes presentes deben ser con cierto temor, con
temor de que no nos alegremos más en ellos que lo que debemos gozarnos por lo
que estamos esperando de Dios en el otro mundo. Más aun, ningún hombre podrá
ser llamado un verdadero cristiano a menos que piense de manera diferente a
como lo hace el mundo.
Amen.