
Texto: “Siguiendo la verdad
con amor, crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza: Cristo. De parte de
él todo el cuerpo, bien concertado y entrelazado por la cohesión que aportan
todas las coyunturas, recibe su crecimiento de acuerdo con la actividad proporcionada
a cada uno de los miembros, para ir edificándose en amor” (Efesios 4:15-16).
El efecto del amor cristiano. La comunión de los santos consiste en ninguna
otra cosa que en el efecto del amor que Dios ha puesto en el corazón de los
Suyos: “Siguiendo la verdad con amor, crezcamos en todo hacia aquel que es la
cabeza: Cristo” (v15); comienza en amor y tiene como objeto ser edificados en
amor. No hay manera de crecer en Gracia a menos que las vidas confiesen nuestra
dependencia en Cristo, y esto es imitar Su amor.
Cristo es nuestra cabeza, o que derivamos vida y poder de el, como el cuerpo lo
hace de su propia cabeza, luego retornamos esto en alabanzas y acción de
gracias a El. Mire el orden en el texto: Obedecemos, seguimos o imitamos la
Cabeza: “Siguiendo la verdad con amor, crezcamos en todo hacia aquel que es la
cabeza”. Luego, el efecto de ese seguimiento a la cabeza es la comunión de los
hermanos: “De parte de él todo el cuerpo, bien concertado y entrelazado por la
cohesión que aportan todas las coyunturas”; esa actividad colectiva es lo que
hace crecer a los Cristianos: “Recibe su crecimiento de acuerdo con la
actividad proporcionada a cada uno de los miembros”; cada uno toma de la Cabeza
y lo ejerce para bien de los demás miembros. Finalmente, el propósito final es
crecer en amor: “Para ir edificándose en amor”; nace en amor y termina en amor.
Una Iglesia que práctica el amor es una Congregación sana y bien edificada. Esto
es así, porque el amor no sólo es un deber, sino también un remedio, su efecto
es sanar nuestras almas: “Toda la ley se ha resumido en un sólo precepto:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os coméis los unos a
los otros, mirad que no seáis consumidos los unos por los otros” (Gál.5:14-15); esto es, que el efecto del amor es sanarnos o
librarnos de ser consumidos. Si no amamos a los hermanos, el amor de Dios no
está en nuestros corazones. No será nuestra imagen, ni nuestras actividades en
la Iglesia, ni cualquier cosa que hagamos o podamos hacer lo que evidenciará la
Gracia de Dios en nuestros corazones, si carecemos de la Gracia del amor de
Cristo: “Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vinculo
perfecto.”
Entonces, si Cristo está en ti, como Dios está en Cristo, entonces manifiesta
lo que Cristo hizo contigo. Tú preguntarás ¿cómo se hace eso? veamos el caso de
Jesús: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Pero si las hago,
aunque a mí no me creáis, creed a las obras; para que conozcáis y creáis que el
Padre está en mí, y yo en el Padre” (Jn.10:37-38);
las obras y los milagros de Jesús excedieron los poderes de la naturaleza y
manifestaron Su ser divino. Las obras de amor que tú hagas por encima de tus
inclinaciones mundanas, ¿acaso eso no probaran que Cristo está en ti?
Tú podrás saber si está en ti, por medio de sus efectos: El efecto obligado
cuando el amor de Cristo echa raíces en un corazón es erradicar el egoísmo, eso
es lo primero que el amor echa fuera. Como cuando la carne es puesta en el
fuego lo primero que arde es la grasa y el colesterol. Más particularmente la
primera lección es la humildad, ese es el ABC del cristianismo: “Aprended de
mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”
(Mat.11:29); el amor cura de tal modo el alma que la hace descansar
plácidamente. Ten presente que la verdadera humildad empieza comparándonos con
otros, pero ese otro no es cualquiera sino el mejor que podamos encontrar,
porque queremos ser verdaderamente buenos, por eso no te compare con los otros,
tal descanso sería engañoso, compárate con Cristo y El de hará descansar.
Amén.