
Texto: “Cuando pasó
el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé,
compraron especias aromáticas para ir a ungirle. Y muy de mañana, el primer día
de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol.” (Marcos 16:1-2).
Si fijamos nuestros ojos en el ambiente, notaremos que cada cosa allí tuvo su
propio miedo. El lugar: Un sepulcro, solitario, algo que por lo cual
sentimos aborrecimiento, nos produce repulsa la idea de muerte y putrefacción.
El tiempo: de noche, quizás la luna le dejó alguna penumbra. El propósito:
Visitar un cuerpo muerto. El amor venció fácilmente esos obstáculos. Ellas le
servían durante su ministración terrenal; le siguieron en sus sufrimientos
cuando los discípulos le abandonaron; lloraron cuando fue maltratado y colgado;
vieron a José de Arimatea cuando lo sepultó, vino la
noche y la preparación y se marcharon a sus casas, pero tan pronto como
vislumbraron el día, volvieron y he aquí, pagando el último tributo de su deber.
No cabe la menor duda, que
el amor es aun más fuerte que la muerte. Es aquí donde se acentúa nuestra
profunda culpa de infidelidad, pues preguntamos: ¿Por qué no imitamos el amor
que Jesús tiene por nosotros? “Los amó hasta el fin” (Jun.13:1). Porque aun
cuando ya no seamos carne, ni nuestras almas estén con el cuerpo, El cuida aun
nuestro polvo, y lo resucitará en el día final.
Recordemos que ellas vieron cuando José y Nicodemo
bajaron del madero el cuerpo muerto de Jesús, lo lavaron, y lo envolvieron en
lienzos con especias aromáticas (Luc.23:55); aun así
volvieron a la tumba como si entendieron que algo faltó por hacer. No tuvieron
el trabajo anterior, ni los peligros ni la actitud de los gobernantes como
excusas para no volver, sino que volvieron. A ellas les pareció que en el sepulcro
faltaba el toque de su perfume. Esto se llama el poder del corazón que ama.
Otros habían servido a Jesús, pero ellas entendieron que tenían algo más que
hacer. Como el amor de madre, que habiéndole el padre informado que el niño
dormía tranquilamente, que le había pasado la fiebre, no obstante ella se
levanta, le unta su bálsamo, agrega cuidado y confirma. Eso es amor.
Amén