
Texto: "El
malo se jacta del deseo de su alma, bendice al codicioso, y desprecia a Jehová."
(Salmos 10:3).
Hay pecados que al impío le avergüenza que otros lo descubran, pero con la
codicia no sucede así, más aun, cuando otros males decaen la codicia en ellos
crece; mira el énfasis que hace Cristo con relación a esta plaga: "Y les
dijo: Mirad, guardaos de toda codicia" (Lc.12:15);
nótese que dice: "Mirad, guardaos"; porque contra este pecado hay que
tener doble guarda, y esto así porque muchos otros pecados son fácilmente
descubiertos, pero este se trata de un pecado secreto, que constantemente
obra contra el alma, y por más mal que pensemos contra este mal siempre nos
quedaremos cortos de ver la profundidad de su maldad.
La codicia destruye el principio que actúa en nosotros para llevarnos a la
obediencia Cristiana: "Si alguno ama el mundo, el amor del Padre no está
en él" (1 Jn.2:5); la fe actúa por el amor a
Dios, y si este no se encuentra, entonces no se podrá servir al Señor. Así como
el imán atrae el hierro; la codicia las tentaciones: "Porque los que
desean enriquecerse caen en tentación y trampa, y en muchas pasiones insensatas
y dañinas que hunden a los hombres en ruina y perdición" (1Ti.6:9-10). Más
aún, la codicia impide recibir el bien del alma, en particular las verdades que
pueden reformar nuestras vidas. Ella nos llena de prejuicios contra lo que no
es hablado de parte de Dios para, y que tienen que ver con la vida en el otro mundo,
mire como lo prueba este texto: "Los fariseos, que eran avaros, oían todas
estas cosas y se burlaban de él" (Luc.16:14); si
este mal tapa el oído a la verdad, con mucho más razón es un estorbo a la
obediencia.
¿Cómo determinar si uno es culpable de ser codicioso? Para contestar ha
establecerse primero que esta enfermedad del alma es hereditaria, mucho más
común de lo que uno pueda imaginar: "Desde el más chico de ellos hasta el
más grande, cada uno sigue la avaricia" (Jer.6:13);
eso en general, pero más particularmente puede ser descubierta por el
temperamento de los pensamientos: "El avaro maquina pensamientos para
enredar. Más el generoso pensará generosidades" (Isa.32:7-8); las
deliberaciones y debates del alma revelan su carácter. Inclina, pues, tu alma a
la generosidad, no tanto acumular o desear sólo para ti, que el espejo de tus
deliberaciones no sea el egoísmo sino el favorecer al prójimo con tus bienes.
Amén.