Meditación Diaria

Meditación del 4 de Agosto

Texto: "Pero viendo José que su padre ponía la mano derecha sobre la cabeza de Efraín, le causó esto disgusto" (Gen.48:17).

 
A menudo no nos es posible conocer a ciencia cierta la manera providencial con que Dios trata los Suyos, pues aun santos muy amados por el cielo son desagradados con inusuales providencias, y tal cual lo señala el texto: José se disgustó.

 
José se sintió ofendido por la acción de su padre, sin embargo no debemos culparlo sin la suficiente evidencia del caso, porque si José hubiese imaginado que Jacob puso así las manos, no por su propio gusto, sino por la guía del Espíritu Santo, de seguro que no atribuiría faltas a su papa, sino que se hubiese inclinado para adorar al Dios Soberano, puede decirse que esto fue una primera, pero breve, reacción. José no es que en si vio faltas, mas bien atribuyo el hecho a un accidente del patriarca.


El hijo de Raquel aprendió el valor espiritual de la primogenitura del testimonio que le enseño su padre, y así actuó, de manera que no se trata de una falta de afecto filial. Su enojo es muestra de su gran reverencia hacia Jacob, porque este hijo era incapaz de un desafecto de tal naturaleza hacia su progenitor. El actuó de acuerdo a las enseñanzas que había recibido de su padre en lo tocante a la primogenitura, no podemos, pues, culparle de prejuicio o mala voluntad hacia su papa.


Mire la evidencia: "Y dijo José a su padre: No así, padre mío, porque este es el primogénito; pon tu mano derecha sobre su cabeza" (v18); nótese el "porque" en sus palabras, como testimonio de las razones que habían en su corazón para expresarse de esa manera.


Nos parece saludable mencionar aquí que los padres no están por encima del buen consejo de los hijos cuando lo necesitan, ni debieran tener como una falta de respeto cuando sus hijos se toman la libertad de objetar sus opiniones y conducta, en particular si hay apariencia que lo requieran, pero también debe ser agregado que estas siempre deben ser hechas con la debida reverencia hacia el juicio y autoridad de los mayores. José se equivoco, pero su culpa fue excusable por el argumento que se ha dicho. En apariencia Jacob erró, y su hijo quiso prevenirlo del error.

 
Pero Jacob le dio a entender que sabia lo que hizo, y que no fue por error, ni por capricho, ni por arbitrariedad, sino por un espíritu de profecía y en conformidad con los consejos divinos. José se enojo y Jacob no lo complació, y no hubo falta de reverencia, por un lado; ni falta de amor, por el otro. Esto nos hace notar, que aun cuando no respondamos a los deseos legítimos de un hijo o de un amigo, debiéramos dar la negativa en un manera amistosa o cortes; mease que Jacob no ofendió a su hijo, ni le hablo con palabras hirientes, sino con ternura y condescendencia: "Mas su padre no quiso, y dijo: Lo se, hijo mío, lo se" (v19).

 
Esa cortesía hacia nuestros seres queridos ha de estar siempre acompañada de convincentes argumentos: "También el vendrá a ser un pueblo, y será también engrandecido; pero su hermano menor será mas grande que el, y su descendencia formara multitud de naciones" (v19); esto es, que se trata de los consejos de la soberanía de Dios.

 
El Creador, en el curso de Su providencia, desde las primeras edades del mundo, ha preferido a veces el mas joven y mas débil de una familia, y en multitud de ocasiones ha hecho muy evidente que no sigue las reglas que los hombres le atribuyen cuando El los ha favorecido; una razón de este tratamiento parece tener el fin de enseñarnos a no gloriarnos en la carne, sino en el Señor.


Por la salud de nuestras almas es mejor que Dios nos trate así, como enseña el salmista: "Por cuanto no cambian, ni temen a Dios." (Sal.55:19). La providencia sin cambios tiende hacia una seguridad carnal o atea, porque podríamos perder todas las impresiones del derecho que Dios tiene de hacer lo que El quiera con lo que es Suyo; y cuando recibamos sus favores muy especiales, estaríamos inclinados a sacrificar alabanzas a nuestra propia destreza o quemar incienso a nuestra propia inteligencia. Dios no sólo da, sino también cuida y enseña.

 

Amen.

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