
Texto: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo;
si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y el
conmigo" (Apocalispsis 3:20).
Para meditar sobre este verso consideremos la Majestad de Cristo el cual es
Dios sobre todas las cosas. Todo el universo es como un grano de polvo delante
de El, y los hombres son como nada. Todo poder en los cielos y en la tierra es
suyo, y la gloria que tiene esta lejos de poder ser expresada. "Los cielos
de los cielos no pueden contener su grandeza." Además que El es infinita
mente feliz y glorioso; si el hombre no hubiese sido nunca creado, con todo y
eso su gloria y toda suficiencia no es afectada; no tiene necesidad de
nada ni de nadie.
El hombre lo más que puede hacer con referencia a Dios es conocerle, pero
en el conocimiento de un ser nosotros no afectamos en nada a ese ser, con
conocer algo no añadimos ni quitamos nada , lo más que podemos hacer es
tomar noticia de El. El sol no disminuye ni aumenta su lustre porque le miremos.
Si pudiera decirse que Dios necesitase de algo, su necesidad es hacer al hombre
feliz, salvarlo del pecado y de la condenación eterna en el infierno, en
nuestro texto se aprecia el deseo ferviente que expresa Cristo por ser
compasivo para los hombres.
El es tan libre, tan absoluto, en su ser y en su actuar, que no necesita de
nada, ni nada puede moverlo actuar, nuestro Dios no tiene compromisos de ningún
tipo. Tus abundancias no pueden ganar su amistad, como tampoco tus miserias sus
compasiones, por eso el profeta dice:"Fui hallado de los que no me
buscaban." (Is.65:1). Esto es lo
maravilloso de Cristo, que hace todo esto cuando el hombre se encuentra lejos
de merecerlo. El pudo haber destruido el hombre desde el mismo instante que
peco, pero su soberanía hace que la oferta de salvación brille con atractiva
hermosura, como le respondió a los fariseos: "¿No me es licito hacer lo
que quiero con lo mío?"(Mt.20:15), ahora
desciende a salvar aquellos que debieron ser muertos desde el mismo momento que
recibieron la vida, sin embargo los ha escogido como hoy para ofrecerles la
salvación. ¡Cuan maravilloso es el Amor de Cristo!
Es palpable la belleza gracia de la soberanía de Cristo en ofrecer la
salvación, pero se acentúa al considerar a quienes es ofrecida: a sus enemigos,
a los impíos, pecadores, aborrecedores de Dios. "He aquí" nos da esa
nota de maravilla; el absoluto comandante de los cielos y de la tierra
condesciende tan bajo como ofrecerle salvación a sus
enemigos. La oferta es para el hombre, al pecador y al enemigo.
Al hombre: No es a los ángeles, ni a los serafines, ni a los arcángeles, sino a
los hombres, la menor de todas las criaturas racionales; aquel cuyo ser es
polvo y cenizas, uno que esta a tres días de ser gusanos y podrida hediondez, a
un gusano de la tierra. ¿Vendrá Cristo a la puerta de un gusano a tocarle y
esperar que le abra?
Pecadores: El hombre por su pecado se ha hecho peor que las bestias que
perecen. El hombre es polvo, pero por el pecado ha venido a ser un polvo
odioso, aborrecible delante del Señor, pues el Señor es purísimo y por tanto no
resiste ver semejante corrupción humana, no puede ni verlo, si un hombre ve a
Dios muere inmediatamente porque Dios no lo pasa, lo destruye por causa de que
el hombre es pecador, solo los puros ángeles pueden permanecer delante de El.
Esto es, que así como los árboles son consumidos por el fuego, los pecadores
delante de Dios. Es como un apuesto y sano hombre abrazando una leprosa o sidosa, algo inconcebible y maravilloso. Mire como son
descritos aquellos a quienes es ofrecida esta salvación: "Desventurado,
miserable, pobre, ciego y desnudo." (Apoc.3:17).
La miseria de estas personas es descrita con cinco sinónimos, grandemente
miserables. Estos hombres dicen ser ricos y Dios les dice que están equivocados
que no los son, porque ser incrédulo es una miseria; Cristo les dice como
librarse de ese mal y ellos rehúsan; les ofrece felicidad y no la quieren;
desprecian al mismo Cristo; con todo y ese rechazo El viene y les toca la
puerta.
Enemigos: El caso no es solo de aquellos que son aborrecibles para Cristo, sino
también para quienes Cristo es fuertemente aborrecido; enemigos de El en sus
mentes, en sus corazones y en sus vidas; ellos odian a Cristo y todo los que
sean de Cristo, lo desprecian tanto que prefieren ser condenados en el infierno
que creer en El o ser sus amigos, y a esos enemigos El se acerca a la puerta de
sus corazones para llamarlos al arrepentimiento. Ellos no están dispuestos
abrirles porque dicen que les aguaría la fiesta de sus pecados con el mundo.
Con todo es aun más maravilloso si consideramos la manera en que es ofrecida
esta tan grande salvación: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si
alguno oye mi voz y abre la puerta, entrare a el y cenare con el, y el
conmigo".
Amen.