
Texto: “El que reprende al hombre, hallará después mayor gracia” (Proverbios
28:23).
Es claro que su tema es la amistad y la manera de cómo fortalecerla, o cultivar
mayor agrado con nuestro prójimo en una manera sincera, espiritual. Hay
aquí tres asuntos: El deber: “Reprender”; el objeto del deber: “Al Hombre”, y
la recompensa: “hallará después mayor gracia”. Veamos sus detalles.
El deber es reprender. No dice injuriar, ni difamar, ni maltratar, sino
reprenderlo. Lo cual supone que sabemos que ha cometido una falta digna de
amonestación, no decimos mera falta, pues hay faltas en los amigos que el amor
manda pasarla por alta, sino una que demande amonestación. Todos somos
pecadores, si somos honestos tenemos que estar preparados para recibirla y
administrar represión. El amor prohíbe el silencio. Por eso una mistad sincera,
por necesidad debe incluir estos reproches para bien del alma. Ahora bien, hay
que señalar que se trata de un deber circunstancial; esto es, en una situación
tal que estemos obligados hacerlo. Que el tiempo, lugar y condiciones lo
requieran, y si no lo hacemos, entonces caemos bajo culpa de desamor.
Pregunta: ¿En cuales circunstancias debemos reprender al hermano? La respuesta
es así:
Con evidencias. Las faltas a reprender deben ser conocidas y evidentes, nunca
por sospechas. El amor da el beneficio de la duda, antes de formular la
acusación (1Co.13:7). Paréntesis: Nos encontramos considerando el reproche
privado y personal, ya que el pastoral tiene otras reglas, aquello se trata de
un oficio de gobernante, con otras características. Culpa probada. La
reprensión debe ser por una culpa comprobada: "Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar"
(Ga.2:11), lo mismo se encuentra cuando el escándalo
en Corintios: "De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación"
(1Co.5:1); el profeta agrega: "No argüirá por lo que oigan sus oídos"
(Isa.11:3), esto así, porque los iguales no tienen poder de castigo o
disciplina sobre los otros. El fin de este fraternal deber es ganar al hermano
no censurarlo ni castigarlo, porque Cristo no le ha dado a ningún hermano ese
poder, sino sólo a los que gobiernan y con reglas ya establecidas en Su
Palabra.
El objeto de la represión. Dice el texto: “Al hombre”. Lo cual debe ser
entendido en su buen sentido; esto es, al buen hombre, al hermano, al amigo que
amas. Como hombre es un ser racional. Es a los que están en la membresía de tu
Congregación. Nuestras entrañas deben estar en nuestras palabras. Tal cual
Cristo, quien al acercarse a Jerusalén con la vara en Su mano, tenía lagrimas
en sus ojos: "Cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre
ella" (Luc.19:41). Samuel tuvo que abandonar a
Saúl, pero al dejarlo lloró (1Sam.15:35). Cuando lo hagas no olvide la
exhortación apostólica, porque tenemos la inclinación a cometer el mismo
pecado: “Hermanos, en caso de que alguien se encuentre enredado en alguna
trasgresión, vosotros que sois espirituales, restaurad al tal con espíritu de
mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Ga.6:1). El hacer el bien es lo único que destruye el mal.
Sería crueldad espiritual apretar el dedo contra la herida del hermano sin
experimentar dolor por él. Pablo es buen ejemplo: "Que cuando vuelva, me
humille Dios entre vosotros, y quizás tenga que llorar por mucho de los que han
pecado" (2Co.12:21). Oremos a Dios que se agrade en darnos gracia para
cultivar un corazón así.