Texto: "Se da el caso de
un hombre solo y sin sucesor, que no tiene ni hijo ni hermano; pero no cesa de
todo su duro trabajo, ni sus ojos se sacian de riquezas, ni se pregunta: ¿Para
quién me afano yo, privando a mi alma del bienestar? También esto es vanidad y
penosa tarea" (Eclesiastés 4:8).
El hombre sabio aquí nos hace conocer, que la codicia no solo hace daño al
alma, sino que en muchos casos, también arruina el cuerpo. Es tanto el afán del
codicioso que luego no le queda vida ni vigor para las cosas espirituales, y
esto le aumenta la incredulidad y la dureza del corazón. El mundo lo chupa como
una sanguijuela, y lo deja en un estado tal, que Dios y la religión pierden el
interés de su corazón, en vano se atribula a sí mismo.






