Texto: “El que
reprende al hombre, hallará después mayor gracia que el que lisonjea con la
lengua” (Pro.28:23)
Para nadie es un secreto que vivimos en una generación donde la pecaminosidad ha llegado a niveles escandalosos, de desenfreno; hay mucha maldad oculta y manifiesta. Eso coloca al Creyente en una situación de peligro contra su fe, tanto en lo creído como en lo practicado. Los verdaderos Creyentes no están exentos de ser contagiado con el mal del mundo. Cuando eso sucede no significa que la ley de Dios ha sido cambiada, sino que el modo del mundo vivir puede afectar nuestro buen juicio. Cuando hay mucha maldad el pecado es corriente, menos odioso, y el amor se enfría. Familiares que llevan una vida escandalosa, por ser objetos de nuestro amor filial, le vemos menos aborrecibles. Nos contagiamos. Ese contagio se hace general, toca casi todas las áreas de la vida piadosa. El sentido correcto de lo espiritual se hace tan nublado, que el juicio se pierde.





