Texto: “Yo soy la vid,
vosotros las ramas. El que permanece en mí y yo en él, éste lleva mucho fruto.
Pero separados de mí, nada podéis hacer” (Juan 15:5).
De donde se infiere que los que hagan descansar sus almas en su propio poder
natural, terminarán apostatando si no recapacitan a tiempo, y la razón es
sencilla, es que no hay en el hombre poder suficiente que pueda sostenerlo a si
mismo. Oiga el clamor de David: “Preserva también a tu siervo de las soberbias;
Que no se enseñoreen de mí; Entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran
rebelión” (Sal.19:13). Aprendamos, pues, de los grandes santos, quienes fueron
débiles hasta que vino sobre ellos el poder de arriba. Recuerde como fue Pedro
avergonzado con la pregunta de una doncella: “Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no
te puedo seguir ahora? ¡Mi vida pondré por ti!... Entonces la criada portera
dijo a Pedro: ¿Tú no serás también de los discípulos de ese hombre? El dijo: No
lo soy” (Jn.13:37 y 18:17).





